Prólogos

Hay libros que son refugios y libros que son calles abiertas. El desorden de mis tardes no es ninguno de los dos y, sin embargo, es ambas cosas a la vez. Es un viaje sin brújula, un paisaje de estaciones rotas donde la nostalgia y el desencanto se cruzan con la ternura y la ironía. Aquí no hay certezas, solo retazos de memoria cosidos con palabras que a veces duelen y a veces acarician, pero que siempre dejan huella.

Juan Carlos Ruiz no escribe para dictar verdades, sino para abrir ventanas. Su literatura es un pulso con el tiempo, un intento de atrapar lo efímero antes de que se desvanezca en la corriente de los días. En estas páginas conviven la sombra de La Habana y la luz amarilla de un puerto, el eco de una mujer fugaz en un garito y la persistencia de un amor que se resiste a ser solo recuerdo. Hay infancia y hay cicatrices, hay noches que se enredan en la memoria como un olor antiguo y madrugadas que llegan con la resaca del desencanto.

Cada relato es una ráfaga de vida atrapada en el instante justo antes de desmoronarse. A veces, con la sequedad elegante de Carver; otras, con la cadencia nostálgica de Luis García Montero. Pero siempre con una voz propia, con ese estilo que oscila entre la melancolía y el humor negro, entre la poesía y la crónica de lo cotidiano, como si la vida fuera un escenario en el que cada pérdida deja su propia sombra.

El desorden de mis tardes no es un libro complaciente. No busca respuestas ni promesas de redención. Es, más bien, un espejo en el que cada lector verá reflejado algo distinto: un amor que se escapa, una ciudad que ya no existe, una juventud que resiste en las esquinas de la memoria. Porque si algo nos enseñan estas páginas es que, al final, lo que nos queda no es la certeza, sino la belleza de haber sentido.

El sol calmado de los atardeceres

(La Habana)

Algunas ciudades se recorren, otras se quedan a vivir en uno. La Habana pertenece a estas últimas. Se instala en la memoria como una canción que nunca termina de sonar del todo. Es un rumor de olas, una risa que se desliza entre el tabaco y el ron, una sombra de historia adherida a los muros descascarados. Es una herida abierta y una caricia al mismo tiempo.

En esta sección no hay un mapa, sino un regreso. No busques aquí la crónica ordenada de un viajero ni la postal ingenua de quien mira desde la distancia. Cada palabra es un latido de adoquines, un eco de las esquinas donde la música se mezcla con el hambre y la esperanza. Es una Habana de atardeceres masticados con calma, de noches africanas de fuego y melaza, de rumbas improvisadas donde la vida se impone con insolencia.

Aquí se pasean recuerdos de un San Juan cubano, de amores que fueron exilios y de la certeza de que hay lugares donde enamorarse es tan sencillo como esperar junto al fuego a que se marchite un ramo de rosas. Hay un país dentro de otro país, un dolor que no cabe en discursos, una verdad que no se viste de consignas. La Habana es esa contradicción perpetua entre la nostalgia y el desencanto, entre la belleza y el derrumbe, entre la ternura y la rabia.

Estas páginas son un tributo y una despedida, un intento de rescatar de la brisa salobre la esencia de lo vivido. Porque al final, La Habana siempre regresa en la memoria como el sol calmado de los atardeceres, lento y eterno, antes de sumergirse en el mar de la nostalgia.